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Desde fines del siglo XX, la perspectiva psicológica de la astrología que iniciara Jung fue desarrollada, refinada y sistematizada por sus continuadores, constituyendo hoy en día la visión predominante y más sofisticada de la práctica astrológica. Richard Tarnas le dio el nombre de astrología arquetipal

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Oh, hombre, conócete a ti mismo,

y conocerás al universo y a los dioses.

Inscripción en el umbral del Oráculo de Delfos

 

II. De la astrología tradicional a la astrología arquetipal

Probablemente la concepción tradicional más sofisticada de la astrología haya tenido lugar en el sur de Francia y España, dentro del esoterismo judío, aproximadamente en el siglo XII. La tradición esotérica de la Kabbalah surgió como una síntesis coherente de otras múltiples tradiciones: el pitagorismo, el hermetismo, el neoplatonismo y, principalmente, la propia astrología. Tal síntesis del conocimiento esotérico de la antigüedad se expresó en la Kabbalah en un glifo llamado Árbol de la Vida. Dentro de este, 10 esferas (siete de ellas asociadas a los siete “planetas” tradicionales) llamadas sephiroth representan a las 10 fuerzas, principios o arquetipos cósmicos centrales de la existencia, tanto a nivel macrocósmico como microcósmico.

arbol (1)La virtud de este esquema fue no solo relacionar estos principios cósmicos y crear a partir de estas relaciones un sistema filosófico-místico de varias aplicaciones prácticas, sino reconocer las múltiples manifestaciones de estos principios en el Kosmos. El Árbol de la Vida puede concebirse, así, como un gran fichero simbólico que vincula estos principios arquetípicos con diversos aspectos de la existencia: panteones mitológicos, colores, metales, notas musicales, plantas, perfumes, sustancias, virtudes y vicios, así como otros tipos de símbolos, creando un gran sistema de correspondencias arquetípicas.

Hablando, pues, en general, clasificamos a los dioses y diosas de todos los panteones paganos en los 10 casilleros de los 10 Sephiroth Sagrados, apoyándonos principalmente en sus asociaciones astrológicas para guiarnos, porque la astrología es un solo lenguaje universal, pues todas las personas ven los mismos planetas (...) Todas las diosas de las mieses se refieren a Malkuth, y todas las diosas lunares a Yesod. Los dioses de la guerra y los dioses destructivos, o los demonios divinos, se refieren a Geburah, y las diosas del amor a Netzach... (Dion Fortune, La cábala mística, 1935)

Asimismo, en la filosofía de la Kabbalah, cada uno de estos 10 principios se manifiesta en distintas formas en los 4 mundos que integran la existencia, desde lo más elevado, sutil e inconcebible hasta lo más denso, solido y mundano.

La tarea de reinterpretar la tradición astrológica a partir de una dimensión simbólica moderna fue iniciada a principios del siglo XX por el médico y psiquiatra suizo Carl Gustav Jung. El gran aporte de Jung fue ni más ni menos que la introducción de la psicología del inconsciente en la interpretación astrológica tradicional.

En su exploración y cartografía de la psique humana (empezando por la suya propia), Jung halló que bajo el inconsciente personal popularizado por Freud existe un estrato más hondo, que constituye la estructura invisible de la conciencia humana: lo inconsciente colectivo. En este nivel, descubrió Jung, todas las manifestaciones simbólicas de las diversas culturas se hallan conectadas por una serie de modelos básicos, estructuras fundamentales, patrones de sentido recurrentes, modalidades típicas de aprehensión o ideas primordiales. Recuperando la tradición platónica, Jung los denominó arquetipos.[1] Los arquetipos como tales resultan irrepresentables, pero su existencia se expresa simbólicamente en la imaginería de nuestras fantasías y nuestros sueños, en manifestaciones emocionales o sintomáticas, en el arte, en nuestras formas de conducta y nuestras preferencias, así como en nuestra forma de evaluar y percibir el mundo, incluyendo “posiciones éticas, reacciones instintivas, modos de pensamiento y habla” (James Hillman, Re-imaginar la psicología, 1999). 

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Dotado de una erudición que iba más allá de las limitaciones de su época, Jung encontró la universalidad de estos arquetipos en expresiones culturales de los más diversos ámbitos y disciplinas: mitología, religión, filosofía, así como numerosos sistemas simbólicos de distintas tradiciones esotéricas, tanto de Occidente como de Oriente. La astrología fue uno de estos sistemas. En palabras del propio Jung, “la astrología representa la suma de todo el conocimiento psicológico de la antigüedad”.

Originalmente Jung concibió todo el sistema simbólico de la astrología (los planetas, el zodiaco y los cuatro elementos) como una proyección de los pueblos de su inconsciente colectivo sobre el cielo abierto. El vasto manto estelar y sus múltiples mutaciones habría sido, por así decir, el primer test de Rorschach:

La oscura psique es como un cielo interior sembrado de estrellas, cuyos planetas y constelaciones representan los arquetipos en toda su luminosidad y numinosidad. El firmamento es, en efecto, el libro abierto de la proyección cósmica, el reflejo de los mitologemas, es decir, de los arquetipos. En esta concepción se dan la mano la astrología y la alquimia, las dos antiguas representantes de la psicología de lo inconsciente colectivo. (Carl Gustav Jung, Arquetipos e Inconsciente Colectivo, 1955)

Tal concepción, en lugar de invalidar la idea de una relación real entre los fenómenos astronómicos y los procesos internos de la psique, sugiere la concepción de una aprehensión intuitiva de los pueblos ancestrales del principio hermético de correspondencia: “como es arriba, es abajo.”

La astrología interesaba poderosamente a Jung no solo porque su estructura simbólica resultaba completamente coincidente con su modelo del inconsciente colectivo, sino por el valor que encontraba en ella en la propia práctica terapéutica. Con frecuencia, Jung solía utilizar la carta natal (el "mapa estelar" del momento de nacimiento de las personas) para comprender mejor la psicología de sus pacientes, especialmente en los casos que resultaban más oscuros a la pura hermenéutica psicoanalítica. En una entrevista para una revista astrológica francesa afirmó que “con considerable seguridad puede esperarse que una situación psicológica dada, bien definida, se acompañe de análoga configuración astrológica. La astrología consiste en configuraciones simbólicas del inconsciente colectivo...” (1954).

Por otra parte, en su obra Tipos psicológicos, Jung concluyó que la disposición individual que hace a la propia personalidad humana preexiste como un factor en la niñez, es innata, y no puede ser adquirida en el transcurso de la vida. Toda la tradición astrológica está basada en este principio.

Desde fines del siglo XX, la perspectiva psicológica de la astrología que iniciara Jung fue desarrollada, refinada y sistematizada por sus continuadores, constituyendo hoy en día la visión predominante y más sofisticada de la práctica astrológica: autores como Dane Rudhyar, Liz Greene, Howard Sasportas y, más recientemente, Richard Tarnas, quien le dio el nombre de astrología arquetipal.

El trabajo de Tarnas, centrado especialmente en astrología planetaria, correlaciona de manera precisa los significados astrológicos tradicionales y contemporáneos de los planetas con los arquetipos junguianos, presentando un modelo interpretativo de múltiples capas. En este, los así llamados arquetipos planetarios son comprendidos como 10 principios cósmicos que, a través de sus continuas relaciones, se manifiestan en la realidad en múltiples aspectos. Los movimientos y alineamientos de los siete “planetas” tradicionales (incluyendo el Sol y la Luna) y los tres planetas descubiertos en la modernidad (Urano, Neptuno y Plutón) serían el aspecto visible y macrocósmico de procesos arquetípicos que forman parte del entramado mismo del Kosmos, o al menos de las estructuras creativas profundas que configuran nuestro sistema solar. Los arquetipos, en términos de Tarnas, muy bien pueden considerarse estructuras formativas y principios que existían y se manifestaban antes de la emergencia de la conciencia humana, e incluso, siguiendo al propio Jung, pueden también considerarse la causa de la estructura misma de la conciencia humana. 

 

 

Uno de los rasgos esenciales que los arquetipos planetarios presentan, de acuerdo a Tarnas, es su multidimensionalidad, lo que significa que son principios que se expresan o manifiestan en distintos niveles, grados o estados del Ser sin poder ser reducidos a una sola dimensión de la existencia. En tal sentido, su manifestación puede distinguirse en procesos psicológicos, mitológicos, artísticos, instintivos, biológicos, físicos y metafísicos, individuales e histórico-colectivos. Considerados de esta forma, los arquetipos planetarios pueden ser vistos, como en la noción tradicional de la Kabbalah, como principios que, en diversos niveles de la evolución del Sistema Solar, presentan un proceso de despliegue cada vez más profundo y multidimensional, el cual ya estaba presente potencialmente en su naturaleza:

Se los puede concebir en términos míticos como dioses o diosas (o como lo que Blake llamó “los Inmortales”); en términos platónicos, como principios trascendentes e Ideas numinosas; o en términos aristotélicos, como universales inmanentes y formas dinámicas internas. Es posible abordarlos al modo kantiano, como categorías a priori de la percepción y la cognición (…) de acuerdo con Kuhn, como estructuras paradigmáticas subyacentes que dan forma al pensamiento y la investigación en la ciencia (…) al modo freudiano como  instintos primordiales que impulsan y estructuran los procesos biológicos y psicológicos; o a la manera de Jung, como principios formales fundamentales de la psique humana, expresiones universales de un inconsciente colectivo y, en última instancia, del unus mundus. (Rirchard Tarnas, Cosmos y psique: Indicios para una nueva visión del mundo, 2009)

Por otra parte, los arquetipos planetarios son polivalentes, lo que implica que cada uno de ellos puede manifestarse en cada una de las dimensiones del Kosmos en múltiples aspectos, sin por ello perder su propia unidad de sentido:

El arquetipo de Saturno se puede expresar como juicio, pero también como vejez; como tradición, pero también como opresión: como tiempo, pero también como mortalidad; como depresión, pero también como disciplina; como gravedad en el sentido de peso, pero también en el sentido de seriedad y dignidad. (Richard Tarnas, ibid.)

cosas.solar_.1Finalmente, la astrología arquetipal de Tarnas se aleja de toda idea de determinismo y fatalidad y se sustenta sobre su propia concepción de un Kosmos participativo[2], en el que los alineamientos planetarios que marcan el nacimiento de todo ser humano y los procesos arquetípicos que siguen sucediéndose durante la totalidad de la vida configuran tendencias y fuerzas que pueden ser vividas y expresadas de formas muy amplias de acuerdo a nuestro propio grado de conciencia de estas:

Cuanto más rigurosamente comprenda uno las fuerzas arquetípicas que configuran y afectan su propia vida, más flexible e inteligente puede ser su reacción a la hora de tratar con ellas. En la medida en que no se tiene conciencia de estas fuerzas, poderosas y a veces enormemente problemáticas, se está más o menos a merced de los arquetipos, pues se actúa de acuerdo con motivaciones inconscientes y con muy pocas posibilidades de participar de manera cocreativa en el despliegue y refinamiento de estas potencialidades. El conocimiento de los propios arquetipos produce mayor autoconciencia y, por lo tanto, mayor autonomía personal. (Richard Tarnas, ibid.)

En la última parte, recorreremos simbólicamente los 10 arquetipos planetarios a partir de una síntesis de sus significados esenciales, así como de sus correspondencias arquetípicas en la mitología, la filosofía, las teorías científicas, los símbolos oníricos, así como diversos sistemas esotéricos.

 
Una reflexión a partir de un comentario realizado por el filósofo Giorgio Agamben

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La crisis de la deuda griega ha puesto en tela de juicio la visión política de Occidente, la cual se ha apropiado de las ideas de libertad y democracia para aceitar su maquinara económica. Pareciera en ocasiones que la democracia solamente es la fachada ideológica más efectiva para expandirse y colonizar el mundo y disfrazar el imperialismo económico capitalista que es el verdadero sistema operativo. Por esto, algunos intelectuales han visto un acto altamente significativo en que Grecia haya rechazado el modelo de la Unión Europea, acaso como si la cuna de la verdadera democracia no se dejara engañar por la hipocresía y la faramalla democrática.

Para entender la situación global resulta apropiado recurrir a algunas ideas manejadas por el filósofo italiano Giorgo Agamben en una entrevista que, si bien es de 2012, es especialmente relevante en este momento. Dice Agamben: “El nuevo orden del poder mundial se funda sobre un modelo de gobernabilidad que se define como democrático, pero que nada tiene que ver con lo que este término significaba en Atenas... Es más simple manipular a la opinión de las personas a través de los medios y de la televisión que tener que imponer en cada oportunidad las propias decisiones con la violencia". Por eso la esperanza, aunque remota, de que Grecia --o el contagio de su ejemplo-- pueda volver a encender un fuego de lo que actualmente es poco más que cenizas, decadencia moral, artística y espiritual disfrazada de prosperidad material y progreso tecnológico. El problema es que, como señala Agamben, una de las cosas que ha hecho el capitalismo, al remover los paisajes y construir sobre ellos ciudades y centros comerciales, es remover también el pasado europeo y los ciudadanos de Europa han perdido el vínculo con su tradición. Esperemos que Grecia esté de alguna manera recobrando su pasado y su identidad, que es a su vez la gran semilla cultural de la cultura dominante en la actualidad planetaria. Dice Agamben: 

El pasado no es, pues, apenas un patrimonio de bienes y de tradiciones, de memorias y de saberes, sino también y sobre todo un componente antropológico esencial del hombre europeo, que solo puede tener acceso al presente mirando, de cada vez, a lo que él fue. De ahí nace la relación especial que los países europeos (Italia, o mejor, Sicilia, sobre este punto de vista es ejemplar) tienen en relación a sus ciudades, a sus obras de arte, a su paisaje: no se trata de conservar bienes más o menos preciosos, mientras sean exteriores y disponibles; se trata, eso si, de la propia realidad de Europa, de su indisponible supervivencia. En este sentido, al destruir, con el cemento, con las autopistas y la alta velocidad, al paisaje italiano, los especuladores no nos privan apenas de un bien, sino que destruyen nuestra propia identidad. La propia expresión “bienes culturales” es engañosa, pues sugiere que se trata de bienes entre otros bienes, que pueden ser disfrutados económicamente y tal vez vendidos, como si fuese posible liquidar y poner en venta la propia identidad.

Despojados de la identidad histórica, los ciudadanos solo pueden mirar hacia adelante y conformarse con el futuro que se les ofrece, aceptando los nuevos valores como verdades sin mucha reflexión, puesto que carecen de un cauce comparativo, de un modelo alternativo que no esté en estado letárgico que pueda hacerlos dudar de la realidad homogeneizante. Este principio aglutinante, homogeneizante, regulador de las conciencias y sometedor de los individuos en un mismo paradigma y en un mismo deseo, que antes era la Iglesia, hoy es el dinero. Al igual que la doctrina eclesiástica mantenía a los fieles en un estado intermedio, purgando penas, en una especie de limbo de inseguridad, en el que era necesario confiar en el mandato providencial, la política financiera actual de manera similar coloca a los ciudadanos en un estado de inseguridad permanente, en una carencia vulnerable, y en un desasosiego aspiracional que los hace más explotables.

"Crisis” y “economía” actualmente no son usadas como conceptos, sino como palabras de orden, que sirven para imponer y para hacer que se acepten medidas y restricciones que las personas no tienen ningún motivo para aceptar. ”Crisis” hoy en día significa simplemente “¡vos debés obedecer!”. Creo que es evidente para todos que la llamada “crisis” ya dura decenios y no es sino el modo normal de cómo funciona el capitalismo en nuestro tiempo. Y se trata de un funcionamiento que nada tiene de racional.

Para entender lo que está pasando, es necesario tomar al pie de la letra la idea de Walter Benjamin, según el cual el capitalismo es, realmente, una religión, y la más feroz, implacable e irracional religión que jamás existió, porque no conoce ni redención ni tregua. Ella celebra un culto ininterrumpido cuya liturgia es el trabajo y cuyo objeto es el dinero. Dios no murió, se tornó Dinero. El Banco –con sus funcionarios grises y especialistas– asumió el lugar de la Iglesia y de sus sacerdotes y, gobernando el crédito (incluso el crédito de los Estados, que docilmente abdicaron de su soberania), manipula y administra la fe –la escasa, incierta confianza– que nuestro tiempo todavía trae consigo. Además de eso, el hecho de que el capitalismo sea hoy una religión, nada lo muestra mejor que el título de un gran diario nacional (italiano) de hace algunos días atrás: “Salvar el euro a cualquier precio”. Así es, “salvar” es un término religioso, pero ¿qué significa “a cualquier precio”? ¿Hasta el precio de “sacrificar” vidas humanas? Solo en una perspectiva religiosa (o mejor, pseudoreligiosa) pueden ser hechas afirmaciones tan evidentemente absurdas e inhumanas.

Ideas que son sin duda estimulantes alimentos para el cerebro y para el corazón. Una vida sin reflexión no merece ser vivida, decía Sócrates y quizás una vida sin que esa reflexión produzca transformaciones, en actos y conciencia, tampoco. Es ya un lugar común decir que hemos divinizado al dinero y que nuestra vida gira básicamente en torno a conseguirlo si no lo tenemos y a conseguir más si ya lo tenemos. Advertencias así pueden encontrarse desde hace milenios. Y aunque para algunos esta diatriba en contra del materialismo sea aburrida, ¿realmente existe algo más importante de recordar, moralmente hablando? No se puede negar que entre más artículos de consumo producimos y más importancia le damos a estos objetos naturalmente nos volvemos más materialistas, no obstante que la tecnología tienda a la virtualidad y a despegarnos del mundo físico. Habría que preguntarnos, entonces, qué es lo que ganamos teniendo más cosas, deseando tener más dinero y poniendo las mejores de nuestras energías al servicio de obtenerlo. Y, ¿qué es lo que perdemos? ¿Cómo afecta a nuestra alma habitar en una red de relaciones definidas por su valor monetario? ¿Dónde, incluso, está nuestra alma, si es que acaso la podemos sentir todavía? ¿Qué les sucede a la espiritualidad y a la religión cuando el dinero es Dios y el capitalismo es nuestra religión? ¿Se vuelven solamente divisas? También, ¿es posible, en un mundo dominado por el capitalismo en todos sus aspectos, sustraernos de estas circunstancias y pensar, imaginar y vivir una vida que no gire alrededor del dinero o es solo una utopía romántica o el privilegio, justamente de aquellos que ya tienen mucho dinero --o karma a favor--, y que desde el superávit pueden dedicarse a cultivar el espíritu?

 

Twitter del autor: @alepholo