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¿Te cuesta mucho leer clásicos de la literatura? Con esta guía definitiva ya ninguno se te resistirá

Libros

Por: pijamasurf - 02/23/2016

Los clásicos son como territorios de los que muchos hablan pero pocos han visitado en realidad. ¿Cómo convertirte en un explorador que sabe de lo que habla?

“Un clásico es un libro que la gente elogia pero no lee”, dijo alguna vez Mark Twain y, hasta cierto punto, su definición no ha perdido vigencia. Todos conocemos los títulos de esos libros que “deberíamos” leer pero que por alguna o muchas razones simplemente no nos animamos a hacerlo. Quizá por el prestigio que los rodea, por la solemnidad con que algunos los han cercado, por su volumen o por el grado de dificultad que por sus circunstancias les es inherente.

Como sea, el caso que es no los leemos, a pesar de que a veces pensemos que nos gustaría haberlo hecho. Entonces, ¿por qué no al menos intentarlo?

A continuación compartimos esta breve guía para entrar a los clásicos de manera un tanto racional, por decirlo así, midiendo el esfuerzo y dosificándolo atinadamente, tomando en cuenta circunstancias y ambiciones, como si se tratara de los consejos de un explorador experimentando para un joven viajante que siente curiosidad por un territorio del que muchos hablan pero pocos conocen en realidad.

 

Haz una lista. Tu lista

Una de las primeras cosas que puedes hacer es una selección de los títulos que te gustaría leer. Este verbo es capital. “La lectura debe ser una de las formas de la felicidad”, dijo alguna vez Borges, y en cierta forma esa puede ser tu brújula. La elección puede depender de tu propio criterio o puedes encontrar inspiración en algunas listas ya existentes. Puede ser que, por ejemplo, tengas curiosidad por los clásicos griegos, los clásicos rusos, los clásicos de la ciencia ficción o los clásicos de la literatura argentina o, por qué no, los clásicos extravagantes, que también existen porque, como ves por estos ejemplos apresurados, el adjetivo “clásico” aplicado a un libro no significa necesariamente antiguo ni aburrido. En la tradición literaria mexicana, por ejemplo, un clásico es sin duda Las batallas en el desierto, un libro ligero de un centenar de páginas que se lee en una tarde y que, aun así, puede ser tu puerta de entrada al estante de los clásicos. Investiga, selecciona, déjate sorprender.

 

Piensa en las cosas que ya te gustan (pero no dudes en experimentar)

Si ya tienes cierta experiencia lectora, puedes pensar en las cualidades de un libro que ya has encontrado placenteras. Quizá eres asiduo a narrativas inquietas con multitud de personajes. Quizá te gusta ser testigo y partícipe de aventuras extraordinarias. Puede ser también que las descripciones detalladas te satisfagan o, por el contrario, que valores la acción. En todos los casos, eso que leíste y que te gustó es una sola rama de un árbol más frondoso llamado literatura. Si ya tienes un escritor o escritora favorito, ¿qué te parece investigar sobre sus influencias? Los autores, también preferidos, que marcaron definitivamente su estilo y sus obras. Ese es un buen método para continuar por el camino de los libros y la literatura. Quien disfrute los cuentos de Sherlock Holmes, por ejemplo, podría probar suerte con El nombre de la rosa. De Murakami alguien podría saltar a Pavese, a Salinger y quizá incluso a Flaubert o a Proust. Tolkien podría conducir a Shakespeare y quizá incluso hasta Sófocles. En fin, las rutas son prácticamente infinitas y también un tanto azarosas.

 

Fija algunos objetivos

Ahora que sabes qué libro leerás viene lo más importante: leerlo. No decimos “terminarlo” porque pocas cosas tan horribles como leer por obligación. Sin embargo, es posible que te ayude plantearte algunas metas a cumplir. Por ejemplo, leer el Quijote en 6 meses; llegar más allá de las primeras 100 páginas de Guerra y paz; leer todas las novelas de Virginia Woolf en 1 año, etc. En nuestra época estamos muy habituados a descartar casi de inmediato aquello que no nos gusta, a cerrar una pestaña de nuestro navegador en cuanto algo nos desespera, a apagar el teléfono móvil cuando un video nos aburre, a pausar una canción que nos disgusta, etc.; además, también tenemos la costumbre de consumir contenidos instantáneos, de duración escasa, cómodos. Al momento de fijar estos objetivos, piensa que casi cualquier libro que elijas es un producto de una época distinta en la que no existía Internet ni la vertiginosa tecnología que ahora nos rodea, un momento de la historia en que las comunicaciones se hacían de otra manera. Los libros en general son difíciles, desafiantes, ásperos, pero no menos cierto es que también son satisfactorios y, en casi todos los casos, las recompensas que nos ofrecen cuando perseveramos en su lectura son invaluables. “Si un libro los aburre, déjenlo”, decía Borges, pero tampoco seamos tan displicentes. Demos una oportunidad más allá de nuestra propia sed de autocomplacencia.

 

Sé paciente contigo

Tal vez quisieras haber leído todo Nietzsche, de El nacimiento de la tragedia a El anticristo, antes de tu próximo cumpleaños, o entrar de lleno a Crimen y castigo o Los hermanos Karamazov luego de haber leído “Los crímenes de la calle Morgue”. Y puedes hacerlo, no hay problema, pero te advertimos que hay una ligera posibilidad de que te estrelles con una pared de ladrillos. A veces hay que ir poco a poco, como en un entrenamiento. Quien corre 5km no se inscribe al maratón de la semana próxima, y si lo hace sabe bien que ni siquiera llegará a la mitad del recorrido. Con la lectura sucede algo parecido. Hazlo gradualmente. Tan importante como avanzar es hacerlo con ritmo.

 

Conoce el mundo de los libros

Aunque de fuera todo parece igual, la verdad es que en cada libro hay diferencias notables. La edición de un libro –sus dimensiones como objeto físico, la calidad del papel, el tamaño de su letra, la disposición del texto, etc.– puede hacer muy distinta una experiencia de lectura. En México, por ejemplo, son tristemente célebres las ediciones a dos columnas y letra ínfima de la colección “Sepan cuántos…” de la editorial Porrúa, baratas sin duda pero tormentosas para el lector. La española Cátedra en general tiene un muy buen aparato crítico (ensayos introductorios, notas al pie, etc.) pero sus traducciones pueden no ser lo más dóciles posibles para un lector que se inicia. Y los ejemplos se multiplican con cada una de las características de un libro, sobre todo en el caso de los clásicos, que algunas veces por ser libros antiguos, con derechos de autor liberados, cuentan con muchas ediciones disponibles en el mercado. En esto nuestra recomendación es, como lo dice el título de este apartado, conoce, revisa y compara, hasta que encuentres el libro que buscas.

 

Si no te gusta, déjalo, no pasa nada

Investigaste, te planteaste objetivos, conseguiste el libro, comenzaste a leerlo, le diste más de una oportunidad, pero… Sí, puede suceder que el libro simplemente no te guste, que no te entusiasme, que te aburra. Si es el caso, y de verdad lo intentaste, puedes dejar el libro, no hay problema. Pasa a veces que ciertos libros son para ciertos lectores y otros no, que la literatura está ligada íntimamente con nuestros momentos existenciales, siempre cambiantes, y hay ocasiones en que un libro puede ser más adecuado que otro. Se trata de probar, como muchas de las cosas de esta vida.

 

Comparte

La lectura es una de esas experiencias de lo humano que completa su ciclo cuando se comparte con alguien más. De hecho, escribir es en sí mismo un ejercicio de conexión con el otro. Por otro lado, cuando nos embarcamos en una aventura que percibimos como un reto –y vaya que leer ciertos clásicos lo es– sentir el apoyo de los demás puede alentarnos a persistir en nuestro objetivo. ¿Qué tipo de apoyo? Su escucha, por ejemplo, si le contamos a alguien los descubrimientos de nuestras lecturas, quizá también su admiración cuando se enteran de que decidimos leer algo grande, o sus impresiones si se da el caso de que conversamos con alguien que ya leyó ese mismo libro en el que nosotros nos encontramos. Si algún milagro propicia la lectura es descubrir que aunque parece una actividad solitaria, lo cierto es que su ejercicio nos sitúa en el centro mismo de una comunidad.

 

También en Pijama Surf: Con este método leerás 1 libro en 1 día, todas las semanas del año

Según estudios estadísticos, los adolescentes cada vez leen menos. ¿De qué se están perdiendo?

Hace unos días el crítico literario David Denby escribió un artículo en la revista New Yorker en el que se preguntaba si los adolescentes todavía leen. Denby sugiere que existe una marcada tendencia a practicar cada vez menos la lectura por el placer de leer, por el amor a la literatura, leer por otra cosa que no sea una obligación, una actividad que parece estar siendo reemplazada por el constante involucramiento (y ensimismamiento) con pantallas y plataformas digitales. Quizás los adolescentes de hoy están leyendo más palabras que nunca, pero son fragmentos de textos, conversaciones de SMS o WhatsApp, títulos de noticias, bleeps de texto en juegos de video, texto entrecortado que se anuncia a sí mismo o a lo mucho best sellers de fantasía que a los amantes de la lectura de gran aliento, de los grandes autores, les parece que no le hacen justicia a la literatura y les preocupa puesto que piensan que los jóvenes se están perdiendo de algo muy enriquecedor. De alguna manera, sugiere Denby, los gadgets han sepultado a los libros, los cuales no atraen tanto a los adolescentes como los aparatos y softwares diseñados específicamente para cautivar su atención. Al irse por la fácil seducción de las pantallas brillantes con sus gratificantes descargas de información y dopamina se están perdiendo de algo cuyo valor no puede constatarse en la superficie ni en la inmediatez.

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Denby cita una serie de estudios en Estados Unidos que muestran que entre 1984 y 2012 los adolescentes de 17 años leyeron 13% menos, con sólo 19% de este grupo de edad leyendo diario por placer. Se ha determinado que en promedio, en EEUU, los adolescentes pasan más de 8 horas al día conectados a sus pantallas consumiendo medios. La lectura se ha divorciado del placer, hay cosas mucho más placenteras, como ver fotos de amigos y videosnacks, pero, ¿debemos someter nuestra cultura a la dictadura del placer? ¿Es necesario crear formatos y diseños más atractivos para los libros a manera de carnada para pescar la atención de los jóvenes? ¿Pero cómo puede competir el libro con la mulifuncionalidad de una pantalla y cómo puede la literatura seria competir con el entretenimiento? Como sugiere Denby, el problema es que los escritores no son o no deben ser vendedores y no tienen por qué pillar la atención de los jóvenes utilizando complicadas estrategias de marketing, haciendo focus goups o desarrollando tecnología tan adictiva como una droga o un dulce. 

Por supuesto los niños están muy ocupados. La escuela, tarea, deportes, trabajos, ropa, papás, hermanos y hermanas, amistades, noviazgos, música, y sobre todo pantallas (TV, Internet, juegos, textear, instagramear) --comparado a esto, leer un libro hace una débil y petulante demanda sobre su tiempo. Leer frustra el sentido de estar en todas partes en todo momento de su smartphone. De repente están atascados en una página, anclados, naufragados y a muchos no les divierte. Estar desconectados los hace ansiosos y hasta los enfada. "Los libros huelen como los ancianos", escuché decir a un estudiante en New Haven.  

Lo que se pierde al no tener la capacidad de inmersión en los grandes textos es una dimensión moral y estética de la realidad, una profundidad de existir en contigüidad con las grandes mentes y las grandes emociones de la humanidad, que resuenan en nuestras experiencias cuando corren por nuestra memoria conciencias paralelas, grandes ríos de ideas, poemas que iluminan la percepción, dimensiones añadidas a nuestra forma de experimentar el mundo, secretas alianzas.

Quizás existan numerosas otras razones por las cuales los jóvenes están leyendo menos y no sólo la ubicuidad de las pantallas, pero lo que es innegable es que el declive en la lectura es un signo de decadencia cultural si es que entendemos la cultura como algo más que la cantidad de datos a los que estamos expuestos: una profundidad de reflexión, una sensibilidad a la belleza, una inclinación a los ideales y a los valores que han superado el paso del tiempo.

El poeta Charles Simic llamó a nuestra era la era de la ignorancia:

Hemos necesitado muchos años de indiferencia y estupidez para hacernos tan ignorantes como somos hoy. Cualquiera que haya enseñado en una universidad los últimos 40 años, como yo lo he hecho, puede decirte que los estudiantes que salen de la preparatoria cada año saben menos. Primero fue desconcertante, pero ya no sorprende a ningún instructor universitario que los amables y entusiastas jóvenes que se enrolan en las clases no tienen la habilidad de retener la mayoría del material que se enseña. Enseñar literatura inglesa, como yo he hecho, se ha vuelto más difícil cada año, ya que los estudiantes leen menos literatura antes de entrar a la universidad y carecen de la más básica información histórica del período en el que una novela o un poema fue escrito, incluyendo las ideas y los asuntos que ocupaban a las personas de ese momento.

 

También en Pijama Surf: ¿Vivimos en la era de la ignorancia?

Twitter del autor: @alepholo