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Un mapa que ilustra la estrechez de mente con que Donald Trump ve el mundo

Donald Trump es en este momento uno de los personajes más conocidos en el mundo, tristemente no por las mejores razones, pues si bien su estatus de candidato a la presidencia de los Estados Unidos ya le otorga cierto grado de importancia, uno de los principales rasgos por los que se ha destacado es el conservadurismo casi fascista de sus opiniones al respecto de otros países del mundo. Para él, sólo Estados Unidos es una nación que vale la pena ponderar, y el resto del mundo es un amasijo de culturas prescindibles, desencaminadas o francamente enemigas.

Para ilustrar esta suma de prejuicios –y contribuir en mostrar a este personaje como es: un estúpido que no ve más allá de sus narices– el ilustrador de origen búlgaro Yanko Tsvetkov realizó este mapa en el que nombra a las naciones del mundo según los adjetivos que la inteligencia de Trump les ha dedicado.

Si el mundo fuera como lo ve Trump, claramente sería uno muy empobrecido. Qué fortuna que no sea así. Y esperemos que nunca lo sea.

De Tsvetkov, por cierto, en Pijama Surf comentamos su mapa de los prejuicios. Incluso ése es mucho más complejo (y divertido) que la estrecha visión de mundo de Trump.

Joven dejó sus lentes en el piso de una galería y los visitantes creyeron que era una obra de arte

Sociedad

Por: pijamasurf - 09/09/2016

Una broma que evidencia la relación de equívoco que campea en el arte moderno

El arte contemporáneo es, en cierta forma, un gran equívoco. Al menos si se le considera desde la vertiente heredada por Marcel Duchamp, probablemente uno de los artistas con el mejor humor en la historia y también uno de los más inteligentes, gracias a lo cual fue capaz de hacer de un mingitorio una “obra maestra”. ¿Qué equívoco evidenció Duchamp con su pieza? Entre otros, que en la modernidad el arte se despojó poco a poco de su aura sublime para poder participar de la rueda del mercado. Con su gesto, Duchamp también señaló eso: que el arte es ya un objeto de consumo.

Por estos días circula en Internet un episodio sumamente elocuente sobre el hecho de que la relación entre el arte y el espectador es sobre todo una relación de consumo. En el Museo de Arte Moderno de San Francisco, un joven de 17 años tuvo la ocurrencia de dejar un par de lentes sobre el piso de una de las salas para saber cómo reaccionarían otros visitantes. TJ Khayatan hizo esto luego de recorrer junto con otros amigos el museo y ver piezas como un animal disecado sobre una sábana que, como sucede con frecuencia, les suscitaron la pregunta de si eso era arte y por qué se le considera como tal.

Previsiblemente, ante las gafas, la gente en el museo hizo lo que ahora se hace siempre: comenzar a tomar fotografías con sus smartphones, reaccionando como se cree que se debe reaccionar, asumiendo el papel de visitante de un museo de arte moderno en la era de la selfie. ¿Esto es arte? Qué importa, mientras puedas compartir la imagen con el filtro más adecuado de Instagram.

En cierta forma, este incidente es parecido a otro célebre ocurrido en 2001. Una mañana, Emmanuel Asare llegó a la galería Eyestorm de Londres a realizar sus labores habituales de limpieza. Y vaya que ese día el lugar amaneció revuelto: colillas de cigarro, ceniceros llenos, botellas de bebidas alcohólicas y, en general, muchos de los residuos imaginables de una celebración más o menos desenfrenada. Asare procedió según su sentido común y su obligación: tomó varias bolsas de plástico negras y comenzó a recoger la basura. Sólo que, extrañamente, la basura no era basura. Cada uno de esos elementos era una pieza de la instalación montada por Damien Hirst en la galería. Hirst, el renombrado; Hirst, el ganador del premio Turner; Hirst, el polémico; Hirst, el hacedor de piezas que se pueden confundir con un montón de basura.

¿Eso es arte? A quién le importa, mientras pueda consumirse.